Coaching

Claro que puedes. Esa nunca fue la pregunta

La autosuficiencia es el rasgo que te llevó a dirigir. También es el que te deja sin nadie con quien pensar en voz alta, justo cuando las decisiones se vuelven más caras.

Es la objeción más honesta que recibo, y casi siempre llega con las mismas cuatro palabras: «yo puedo solo». O «yo puedo sola».

Y es verdad. Llevas años demostrándolo. Resolviste cosas que otros no resolvieron, sostuviste equipos en años malos, tomaste decisiones sin que nadie te dijera si estaban bien. Nadie que llegue a dirigir lo hace por accidente.

El problema no es que sea falso. El problema es que es la respuesta a una pregunta que nadie te hizo.

El rasgo que te trajo hasta aquí

La investigación sobre por qué quienes dirigen evitan buscar apoyo señala algo incómodo: los mismos rasgos que producen el ascenso son los que después bloquean el acceso a la ayuda. Autosuficiencia, orientación a resolver, exigencia consigo mismo, orgullo por haber podido con lo difícil.

No son defectos. Son exactamente las competencias por las que te promovieron. Y funcionaron durante años, en problemas que se resolvían aplicando más criterio, más horas o más rigor.

Lo que cambia con el cargo es la naturaleza del problema, no su dificultad.

Lo que te trajo hasta aquí sigue funcionando. El asunto es que ya no es lo que hace falta.
Ejecutivo de espaldas frente al ventanal de una oficina en altura al anochecer; detrás, tras un tabique de vidrio, una reunión en curso de la que no participa

Lo que de verdad llega a una sesión

Hay una creencia extendida de que el coaching ejecutivo sirve para corregir algo que falta: una habilidad técnica, una brecha de conocimiento, un déficit.

La evidencia del Center for Creative Leadership apunta en otra dirección. Lo que quienes dirigen llevan a coaching no son problemas técnicos. Son frustraciones con personas, gestión del tiempo, conducir procesos de cambio e influir sobre áreas donde no tienen autoridad formal.

Dicho de otro modo: no llegan porque no sepan. Llegan porque saber ya no alcanza.

Y ninguno de esos problemas se resuelve con más información. Se resuelven pensando mejor, y pensar mejor es difícil de hacer completamente solo.

El punto ciego no es un defecto, es geometría

Hay algo estructural en el cargo que casi nadie nombra.

Mientras más arriba estás, menos gente puede decirte la verdad sin costo. Tu equipo te reporta. Tus pares compiten contigo por recursos. El directorio te evalúa. Tu familia te quiere y por eso te tranquiliza.

Nadie de ese grupo puede escucharte pensar en voz alta sin que eso tenga consecuencias. Y cuando alguien dirige, el costo de hablarle sube todavía más si está bajo presión sostenida.

El resultado es que llegas a tomar las decisiones más caras de tu carrera con menos contraste del que tenías cuando eras analista. No por soberbia: por posición.

El dato que sugiere que la autosuficiencia está fallando

Si la autosuficiencia funcionara tan bien como se cree, quienes dirigen deberían estar mejor que quienes no. Durante años fue así: quienes dirigían tenían una ventaja medible en compromiso y energía sobre sus equipos.

Esa ventaja se borró. Entre 2022 y 2025 la participación de quienes dirigen cayó de 31% a 22%, nueve puntos, mientras la de quienes no dirigen se mantuvo prácticamente plana.

No es que los equipos hayan empeorado. Es que quien dirige se está desgastando más rápido, y lo está haciendo con el mismo repertorio de siempre: aguantar, resolver, no molestar a nadie con esto.

Nueve puntos en tres años es mucho para atribuirlo a caracteres débiles. Es un patrón, y los patrones no se corrigen con más voluntad.

Qué cambia cuando existe un interlocutor

La objeción que sigue suele ser «¿y qué me va a decir alguien que no conoce mi industria?».

Es una buena pregunta y tiene una respuesta corta: probablemente nada sobre tu industria.

Lo que cambia no es el contenido de la información, que ya tienes. Cambia el proceso con el que la usas: poner en palabras lo que llevas meses rumiando, escuchar tus propios argumentos fuera de tu cabeza, notar cuál de las tres opciones estabas descartando sin haberla evaluado nunca.

Eso no lo puede hacer alguien que depende de ti, ni alguien que compite contigo, ni alguien que te quiere y por eso te tranquiliza. Requiere a alguien sin nada que ganar con tu decisión.

No se trata de que alguien sepa más que tú. Se trata de que no le convenga nada en particular.

Qué dice la evidencia, sin exagerarla

Aquí conviene ser preciso, porque el sector abusa de las promesas.

Dos metaanálisis de referencia han medido los efectos del coaching en contextos organizacionales. Theeboom y colaboradores encontraron efectos positivos consistentes sobre desempeño, bienestar, afrontamiento, actitudes hacia el trabajo y autorregulación orientada a metas, con tamaños de efecto entre 0,43 y 0,74. Jones y colaboradores, revisando estudios organizacionales, reportaron un efecto global de 0,36, con 0,51 en resultados afectivos.

Traducido: son efectos moderados y reales, no transformaciones milagrosas. El mayor de todos —la autorregulación orientada a metas— es justamente la capacidad de sostener una dirección sin que el entorno te desvíe.

Que es, curiosamente, lo que casi nadie que dirige cree necesitar y lo que casi todos terminan trabajando.

Lo que está en juego

Sé lo que es tomar decisiones importantes con la cabeza llena de ruido, y sé también que pedir ayuda se siente como admitir que algo se salió de control. Rara vez es eso.

Lo que está en juego si esa sigue siendo la respuesta:

Decisiones que se posponen hasta que el tiempo las toma por ti. Un año más operando al límite porque el desgaste ya parece parte del cargo. Puntos ciegos que todos ven menos tú, porque nadie tiene incentivo para nombrarlos. Y la certeza incómoda, a los cincuenta y tantos, de haber llegado lejos cargando más peso del necesario.

En el deporte de élite nadie llega solo. No porque no sepa correr.

La pregunta no es si puedes. Es a qué costo y en cuánto tiempo.

Si estás leyendo esto y la frase «yo puedo solo» o «yo puedo sola» te sonó propia, probablemente no necesitas que alguien te diga qué hacer. Necesitas un interlocutor sin agenda propia.

Eso es lo que hacemos en la primera conversación. Treinta minutos, sin presentación comercial. Si tu situación no es de las que este trabajo resuelve, te lo digo.

Conversemos de tu situación